Todos hemos oido teorías acerca del ciclo de vida del producto, y las gráficas que normalmente las acompañan. Y no seré yo quien las discuta porque seguro que aquello se lo inventó Kotler o alguien por el estilo.
Lo acepto, pero matizaría el asunto para llamarlo “Ciclo de vida natural del producto”.
Efectivamente, si dejamos que un producto siga su curso con una intervención mínima en cuanto a su concepción, seguirá más o menos ese ciclo, con matices según su propia tipología, novedad, madurez del propio mercado y aparición de competencia. Pero sabemos que, o te reinventas, o efectivamente mueres. Siempre me ha llamado la atención la reinvención que se hacen de ciertos productos que podrían considerarse básicos y que sin embargo renacen cada cierto tiempo. Ejemplo: las cuchillas de afeitar. Desde aquella Filomatic de Gila hasta la ultimísima Gillette o Wilkinson, se añaden hojas, se incorpora una batería con un suave masaje, mango ergonómico antideslizante… y seguirán inventando.
Esta semana leo en Marketing Directo cómo las discográficas (con bastante retraso, la verdad), están empezando a darse cuenta de que su producto debe cambiar para adaptarse a la nueva realidad. Al fin han descubierto que lo que realmente venden no son discos, sino dos cosas principales: melodías y fanatismo (por aquello de los fans). Algunas de ellas parece que apoyan Qtrax, una nueva red de intercambio de música legal de la cual hace un escéptico análisis Antonio Ortiz. Independientemente de que consigan algo, parece que al fin ven qué se cuece en su propio mercado.
También esta semana ha aparecido, y tiene mucho que ver, la respuesta legal a Promusicae ante la demanda de datos personales de usuarios de redes P2P. Probablemente esta era una de las últimas tablas de salvación que les quedaba antes de despertar y obligarse a reinventar su propio producto.



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